Laura Hernández: su renacer tras la adversidad y la libertad interior

La comunicadora reflexiona sobre el proceso que transformó su vida y afirma: “Ya no soy manipulable”.
Dos décadas después de su encarcelamiento en República Dominicana, la expresentadora puertorriqueña reflexiona sobre su transformación

Han pasado más de dos décadas desde que el nombre de Laura Hernández llenó los titulares. Hoy, habla con serenidad y sin miedo a su pasado. “Estoy en el mejor momento de mi vida”, dice sonriente, convencida de haber alcanzado el destino que buscaba. Encontró un nuevo propósito en la salud holística, un ámbito que jamás imaginó cuando su rostro se veía en la televisión a finales de los noventa.

En septiembre de 2002, su vida cambió de forma drástica. Fue arrestada junto a su entonces esposo, Marcos Irizarry, en República Dominicana, cuando las autoridades confiscaron más de 70 kilos de cocaína. Aunque siempre defendió su inocencia, en 2003 fue condenada a siete años de prisión, pena reducida a tres tras una apelación. Recuperó su libertad en 2005.

De regreso en Puerto Rico, enfermó física y emocionalmente. La hidroterapia de colon le abrió un nuevo camino. “Entendí que el colon y el cerebro están conectados. Fue un mundo que se abrió ante mí, que me apasionó igual o más que el periodismo”, contó. Desde hace quince años dirige su propia clínica en la isla y, desde hace seis, otra en Florida. “De los cobardes no se ha escrito nada”, afirma entre risas.

A sus 52 años, la calma domina su voz. “Esta Laura se ha transformado. Mi propósito está en servir, en educar, en aprender continuamente”, expresa. Reconoce haber descubierto su libertad interior precisamente en el encierro: “El ser humano no está hecho para estar preso, pero eso fue lo que tocó”.

Recuerda los días de custodia en la Dirección Nacional de Control de Drogas, cuando solo comía pan y agua y dormía en el suelo. “En ese silencio, decidí estar con Dios”, menciona. Ese proceso, asegura, fue doloroso. Llegó a pesar 85 libras y sintió que tocaba fondo. “Me enfermé. Me sentía como un despojo humano”, confesó.

Mirando atrás, sostiene que lo vivido no la define. “Eso fue un evento. Uno violento, sí, pero no soy eso. La opción es seguir adelante”. Reconoce que antes del proceso vivía acelerada, trabajando desde los 13 años y construyendo una carrera que combinaba economía, docencia y televisión. A los 26, tenía una vida establecida, hasta que todo cambió. “Me tomó años entender. Pero cuando lo aceptas, te liberas”, relató.

El mayor peso, recuerda, fue la exposición pública: “No es lo mismo estar encarcelado que estarlo bajo el ojo público. Fue desgarrador”. Con el tiempo aprendió a reconocer señales y establecer límites. “Fui demasiado empática. Hay que aprender a decir no. Guardé silencio por años, pero cuando hablé, nadie me detuvo”.

Hoy vive guiada por el agradecimiento. “Me gusta ayudar a la gente. La fe está por encima de todo y la dignidad no se negocia”, asegura. También admite que aprendió a conocerse: “El matrimonio no es para mí. Creo en el amor, pero en libertad. Soy un alma libre. A mi mente no la controla nadie. Ya no soy manipulable”.

Laura Hernández se reconoce como una mujer transformada y, al mismo tiempo, en constante evolución. “Puedo ser ambas cosas: una versión renovada y un proyecto en proceso”, concluyó.

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