En la década de 1980, la casa del apoderado de los Atléticos de San Germán, Armandito Torres, era un hogar lleno de vida con su familia y, de repente, con un nuevo integrante de casi siete pies de estatura. José “Piculín” Ortiz, con solo 16 años y sin haber concluido la escuela superior, recibió la oportunidad de su vida cuando Torres decidió firmarlo para debutar en el Baloncesto Superior Nacional (BSN).
Aquel gesto, que muchos consideraron una apuesta arriesgada, se convertiría en el punto de partida de una de las carreras más exitosas en la historia del baloncesto puertorriqueño. El joven Piculín encontró en San Germán no solo una franquicia que creyó en su talento, sino también una familia que lo acogió y ayudó a madurar dentro y fuera de la cancha.
Esa decisión marcó un antes y un después para los Atléticos y para el BSN, abriendo el camino a una nueva generación de jugadores locales que aspiraban a triunfar desde temprana edad. La historia de Ortiz sigue siendo un símbolo de fe deportiva, visión y compromiso con el talento puertorriqueño.




