La guerra en Irán ha reavivado fricciones entre Estados Unidos y el Reino Unido. El presidente estadounidense, Donald Trump, arremetió contra el primer ministro británico, Keir Starmer, por negarse a unirse a los ataques impulsados por Washington e Israel.
Starmer, quien nunca ha hablado mal de Trump en público, procuró mantener distancia. En un principio prohibió el uso de bases británicas para las ofensivas, aunque posteriormente permitió que Estados Unidos empleara instalaciones en Inglaterra y en Diego García, limitando su uso a objetivos iraníes relacionados con misiles.
Incluso después de que un dron iraní impactara en la base británica de Akrotiri, en Chipre, Starmer insistió en que el Reino Unido no participaría en acciones ofensivas. “Cualquier acción del Reino Unido debe tener siempre una base legal y un plan viable y meditado”, sostuvo ante el Parlamento. Añadió que su deber es velar por los intereses nacionales británicos, pese al desacuerdo del presidente estadounidense.
En declaraciones a The Sun, Trump lamentó el enfriamiento de la alianza: “El Reino Unido ha sido muy diferente a los demás”, dijo, comparando las relaciones con otros países europeos, como Francia. Lamentó además que el vínculo “ya no es lo que era”.
Las tensiones se suman a otros roces previos, como la oposición de Starmer a la propuesta de Trump de apoderarse de Groenlandia o su reciente rechazo al cambio de soberanía de las islas Chagos. Peter Ricketts, exjefe de la Oficina de Asuntos Exteriores británica, opinó que Estados Unidos, bajo Trump, “ha renunciado efectivamente a ser coherente con el derecho internacional”, una línea roja para el abogado y exfiscal británico.
El distanciamiento supone un revés para Starmer, quien intentó mantener una buena relación con Washington. El mandatario estadounidense fue recibido con honores en una visita de Estado invitado por el rey Carlos III, y el primer ministro británico ha elogiado sus intentos de mediar en la guerra entre Rusia y Ucrania.
La ofensiva contra Irán ha dividido a Europa. Mientras el jefe de la OTAN, Mark Rutte, respaldó los ataques y calificó la campaña como crucial para la seguridad del continente, líderes como el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, los tacharon de “injustificables y peligrosos”. Francia, Alemania y el Reino Unido manifestaron que no participarían en los ataques, aunque apoyarían acciones defensivas.
En casa, Starmer también enfrenta críticas. Sectores conservadores lo acusan de debilitar la alianza con Estados Unidos. La líder opositora Kemi Badenoch expresó su apoyo a la ofensiva de Trump, calificándola de “acción necesaria contra el terror patrocinado por el Estado”. Aun así, el ministro de Asuntos Exteriores británico, Stephen Doughty, aseguró que la “relación especial” entre ambas naciones sigue intacta.




