Cristóbal Moya recuerda con precisión la noche del 8 de abril de 2025, cuando la discoteca Jet Set se vino abajo durante la presentación del artista Rubby Pérez. Él y sus allegados acudieron al local buscando disfrutar de una velada musical, sin imaginar que acabaría siendo una tragedia.
Días antes, su hijo había comprado las boletas y notó el deterioro del edificio: paredes agrietadas y filtraciones. Aunque Moya restó importancia al aviso, ese mal presentimiento se materializó horas después. “El ambiente era extraordinario”, relató, describiendo un lugar lleno de público convencido de que estaba en un espacio seguro. “Pero no fue así”, lamenta.
Esa noche, Moya se sentó cerca de la puerta, lo que le permitió ver cómo un plafón empezó a desprenderse. “Vi cuando el primer plafón se explotó”, contó. Segundos después, otro se vino abajo y, antes de poder reaccionar, todo se desplomó. “No hubo tiempo de nada. Fue completo, en segundos”. Golpeado en la cabeza, perdió el conocimiento.
Al despertar, creyó estar soñando: todo estaba oscuro, sintió agua, piedras y un fuerte olor a sangre. Reaccionó cuando escuchó entre gritos el nombre de su hermano Gustavo. “Ahí fue que entendí que estaba vivo”, narró con voz quebrada. Moya perdió a las amigas que lo acompañaban esa noche.
Su rescate fue posible gracias a un “buen samaritano” que insistió en sacarlo entre los escombros. Un grupo de personas logró levantar parte de la estructura para halarlo fuera. En la clínica, los médicos al principio minimizaron sus lesiones, hasta que un video viral mostró que había estado dentro del derrumbe. Luego le practicaron múltiples exámenes que resultaron, en su mayoría, normales. Permaneció internado dos días y desarrolló dolencias en la rodilla y la espalda.
Moya afirma que la presencia y el apoyo de sus hijos y nietos fueron esenciales para su recuperación. “Mis psicólogos han sido ellos”, dice. Sin embargo, asegura que las promesas de asistencia médica y económica para los afectados no se han cumplido. Explica que, aunque la Sisalril y el Senasa emitieron una resolución para cubrir a los lesionados, el seguro se le negó. “Me dijeron que era solo para familiares de los afectados. Es un absurdo”, criticó.
También menciona un prometido subsidio de 30 mil pesos que nunca recibió. En el ámbito judicial, denuncia que, pese a haber presentado una demanda, “casi un año después no se ha emitido la primera sentencia” y muchos querellantes aún no han sido convocados. Considera que el caso está mal tipificado como homicidio involuntario: “Eso fue homicidio voluntario; los dueños sabían lo que pasaba y no hicieron nada”, afirmó, refiriéndose a los hermanos Espaillat.
Como sobreviviente, Moya impulsa que cada 8 de abril se declare día de duelo nacional en honor a las víctimas. Propone además un monumento en el lugar del siniestro y pide a la ciudadanía vestirse de negro cada año en esa fecha. Con firmeza, exhorta a las autoridades a supervisar los locales públicos para evitar nuevas tragedias. “No se queden de brazos cruzados. Que algo así no vuelva a ocurrir”.




