En la Casa Blanca, el presidente Donald Trump asegura que la intervención de Estados Unidos en Venezuela inyectará miles de millones de dólares en infraestructura, revivirá la industria petrolera y traerá prosperidad a la nación. Pero en Caracas, la realidad es otra: Ana Calderón, empleada pública, lucha por comprar los ingredientes de una simple sopa. “La comida es increíblemente cara”, dice mientras explica que el apio ha duplicado su precio y un kilo de carne supera los $10, unas 25 veces el salario mínimo mensual.
Mientras el país asimila la noticia de la captura del expresidente Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos, los venezolanos enfrentan un panorama incierto. “Hay esperanzas, pero también mucha confusión”, afirma Luisa Palacios, economista venezolana y experta del Centro de Política Energética Global de la Universidad de Columbia.
En Venezuela, ocho de cada diez personas viven en la pobreza. Muchos tienen varios empleos y aun así no logran llenar la nevera. Los niños se acuestan con hambre y millones han huido del país. En los mercados caraqueños como el de Catia, antes llenos de compradores, reina hoy el silencio.
Neila Roa, madre de un bebé de cinco meses, vende cigarrillos mientras calcula los cambios de la moneda para sobrevivir. “Inflación y devaluación, está fuera de control”, dice. No cree que la detención de Maduro cambie las cosas pronto: “Haría falta un milagro”.
Trump ha dicho que parte de los beneficios del petróleo venezolano se destinarán a su población, aunque los analistas señalan que la prioridad de Washington parece ser asegurar suministros energéticos y oportunidades comerciales para Estados Unidos. Este viernes, la Casa Blanca celebrará una reunión con ejecutivos petroleros para discutir inversiones. Trump reconoció al diario The New York Times que “el petróleo tardará un tiempo”.
Venezuela, con las mayores reservas petroleras del mundo, depende de un sector devastado por años de corrupción y falta de inversión. Durante el mandato de Hugo Chávez, los ingresos petroleros superaron los $981,000 millones entre 1999 y 2011, pero la bonanza se desvaneció con la caída de la producción y el precio del crudo. Nicolás Maduro asumió el poder en 2013, en medio de una crisis profunda que hundió a millones en la pobreza y provocó el éxodo de 7.7 millones de personas.
El economista Albert Williams, de Nova Southeastern University, señala que una recuperación del sector energético podría generar un impacto positivo en la economía venezolana, aunque advierte que “si mejora la industria petrolera, mejora el país”, pero será un proceso prolongado.
Según el Fondo Monetario Internacional, la inflación alcanza un 682%, la más alta del planeta. El salario mínimo, de 130 bolívares (0.40 dólares), lleva sin aumentar desde 2022, muy por debajo del umbral de pobreza extrema de la ONU. En abril, Maduro declaró “emergencia económica”. Para Usha Haley, economista de la Universidad Estatal de Wichita, los venezolanos no verán alivio inmediato: “Una sola venta de petróleo no arreglará la inflación ni el colapso de la moneda”.
Aun así, la gente procura “resolver”, como dicen coloquialmente, para sobrevivir día a día. En el mercado, el olor del pescado y las cebollas se mezcla con el ruido de los motores. Calderón, sin poder costear la carne, se resigna a comprar solo un manojo de apio para su sopa.




