El robo de arte más grande del mundo sigue sin resolverse tras 35 años

El robo de 13 obras del Museo Isabella Stewart Gardner en 1990, valoradas en más de $500 millones, continúa siendo un misterio.
Ocurrió en 1990, se llevaron 13 obras de arte y el crimen sigue sin resolverse: esta es la historia

Durante más de tres décadas, el espectacular robo de 13 obras de arte del Museo Isabella Stewart Gardner, en Boston, ha permanecido sin solución. El atraco, ocurrido en 1990 y valorado hoy en más de $500 millones, es considerado el mayor robo de arte en la historia. En 2013, el FBI afirmó conocer a los responsables, pero nunca reveló sus nombres, lo que alimentó todo tipo de teorías.

El exagente del FBI Geoff Kelly, quien lideró la investigación durante más de veinte años, ofrece en un nuevo libro detalles inéditos sobre las pesquisas, identifica a los hombres que cree implicados y describe cómo las pinturas circularon por redes criminales envueltas en violencia y muertes.

La ironía radica en que Isabella Stewart Gardner, fundadora del museo, había dejado por testamento que su galería permaneciera intacta tras su muerte en 1924. Hoy, los marcos vacíos de las obras robadas continúan colgados como silenciosos recordatorios.

El 18 de marzo de 1990, dos hombres disfrazados de policías convencieron a un guardia para que les abriera la puerta. Luego lo redujeron junto a otro vigilante y se dirigieron a las salas principales. En menos de 90 minutos se llevaron piezas de Vermeer, Rembrandt, Degas y Manet, además de una figura napoleónica y las cintas de seguridad.

A pesar de recompensas millonarias, la investigación se estancó. Las pistas apuntaban tanto al Ejército Republicano Irlandés como a figuras del crimen organizado de Boston, incluido Whitey Bulger. Kelly relata cómo siguieron rastros hasta Francia y cómo informantes, incluso uno apodado “Albóndiga”, intentaron aportar datos sin éxito.

La violencia no tardó en rodear el caso: varios sospechosos murieron en circunstancias sospechosas. Entre ellos, Robert “Bobby” Donati, hallado apuñalado en 1991, y George Reissfelder, vinculado al vehículo usado en la huida. Ambos tenían nexos con organizaciones criminales locales.

El FBI enfrentó además limitaciones de personal y recursos, lo que dificultó avances. Las imágenes de video divulgadas erróneamente, correspondientes a otra noche, desviaron la atención y generaron sospechas infundadas hacia un empleado del museo. Uno de los vigilantes presentes aquella noche, Rick Abath, negó siempre su participación. Murió en 2024.

Kelly sostiene que las pinturas son “fugitivas perfectas”, imposibles de rastrear o vender abiertamente por su fama. A través de los años surgieron falsas pistas: cuadros similares en mercados de antigüedades, residencias privadas e incluso en series de televisión.

El exagente mantiene la esperanza de que las obras reaparezcan algún día, supervivientes silenciosas de un crimen que, 35 años después, aún desafía a la justicia y al arte.

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