En 2004, el calor implacable de La Romana, en República Dominicana, contrastaba con la frialdad de los muros de su cárcel principal. Allí permanecía la puertorriqueña Laura Hernández, expresentadora y empresaria sentenciada por tráfico internacional de drogas, causa en la que siempre sostuvo su inocencia.
Aun tras las rejas, Hernández recibía cartas, oraciones y visitas de compatriotas que cruzaban el Caribe para acompañarla. Una de las primeras en hacerlo fue la periodista Carmen Jovet. “Su madre llegó hasta mí cuando la arrestaron y me dijo: ‘No sabemos de ella, su papá se muere por verla’. Me conmovió. Era imposible decirle que no”, contó Jovet a El Nuevo Día.
Poco después, la comunicadora viajó con los padres de Hernández a la provincia de Higüey. “Yo conocía las cárceles. Pero cuando vi aquella en Santo Domingo, me iba a morir. Laura estaba en una celda con piso de tierra, delgada, sin uniforme, y había cucarachas por todos lados”, recordó. La periodista confesó su impacto al ver cómo los familiares llevaban la comida a los confinados, mientras Laura apenas contaba con ayuda.
Hernández había sido arrestada el 8 de septiembre de 2002 junto a su entonces esposo, Marcos Irizarry, y otros seis puertorriqueños, luego de que las autoridades dominicanas incautaran 70.4 kilos de cocaína. Estuvo presa en tres cárceles distintas y aseguró que las visitas eran posibles porque “los puertorriqueños les pagaban a los militares para que los dejaran pasar”.
En la prisión de La Romana, donde cumplía una condena de siete años, dijo haber vivido un “milagro”. Desde una pequeña ventana veía los cruceros que atracaban cerca y escuchaba a boricuas gritarle palabras de aliento: “¡Laura, estamos aquí!”.
El cariño se multiplicó con el tiempo. “Había militares que lloraban al ver cómo la gente se desbordaba por mí. Me celebraban cumpleaños, me llevaban parranda. Llorábamos, pero eran lágrimas de sanación”, relató.
Entre los visitantes estaba “Albert Santana”, un puertorriqueño que la conoció durante un viaje junto a su padre. “No fui por morbo, sino por saber cómo estaba”, afirmó. Describió el área donde la encontró como limpia y organizada, convertida en un salón educativo gracias a materiales donados y autorización de las autoridades. Allí Hernández impartía clases mientras completaba una maestría en periodismo digital en España.
“Para ella, esas visitas eran su fuerza. Nos habló de lo duro que era estar allí, pero agradecía el apoyo. Le dejamos dinero para comida y nos abrazó con gratitud”, narró Santana.
Hernández recordó los momentos en que la nostalgia la vencía: “Comienzas a perder la esperanza. Yo solo quería amor y cariño genuino”. Aun así, decía sentirse acompañada cuando puertorriqueños desde cruceros la saludaban o le cantaban canciones nacionales.
Al reflexionar, compartió una enseñanza: “Estando afuera conocí verdaderamente mi isla. Esos son nuestros valores, la empatía y el corazón del boricua. Esa es la esencia de mi raza.”




