Hace cincuenta años, Alan del Castillo Hime era un joven estudiante de Medicina cuando viajó a caballo a las montañas de Kenscoff, al sur de Puerto Príncipe, Haití. Aquella experiencia lo marcó de por vida, lo llevó a aprender creole y lo conectó para siempre con el país caribeño. Hoy, a los 71 años, este psiquiatra boricua encabeza la Fundación Kanarí, mediante la cual salvó de cerrar a la Escuela San Ignacio de Loyola en Kanarí, una comunidad al noreste de Haití, cercana a la frontera con República Dominicana.
Del Castillo contó a El Nuevo Día que conoció la escuela en 2023, durante una visita a un proyecto de apicultura. Le sorprendió la alegría de los niños, pese a las duras condiciones del país, donde el salario promedio ronda los $3.50 diarios y la inflación mantiene los precios casi al nivel de Puerto Rico. Preocupado al saber que el colegio, con 980 estudiantes, enfrentaba el cierre por falta de fondos, decidió actuar: “Esto no puede cerrar. Es demasiado importante”, pensó.
De regreso en la isla, otro contraste lo impulsó a crear la fundación. Tres días después de su viaje, vio jóvenes en Hato Rey haciendo fila para comprar tenis de $400, mientras en Haití los maestros ganaban $4 al día. “Vengo de esa necesidad y veo ese derroche. Pensé: ‘Aquí hay chavos para ayudar’”, relató.
Con el apoyo de amigos como Jorge Marchand, experto en el tercer sector, fundó la organización y en marzo de 2024 comenzaron a recaudar fondos. A pesar de los obstáculos —varios bancos se negaban a abrir cuentas por tratarse de un proyecto para Haití— ya han recaudado $200,000, lo suficiente para garantizar la continuidad del colegio. “Los esfuerzos están dando esperanza y posibilidades a los muchachos”, afirmó.
La fundación sostiene que una aportación equivalente al costo de una taza de café semanal puede financiar un año escolar de un estudiante haitiano, cuyo presupuesto anual es de $240. Por comparación, el Departamento de Educación de Puerto Rico invierte unos $15,000 por alumno.
En enero de este año, Del Castillo regresó a Kanarí para constatar los avances. Voló hasta el Cabo Haitiano, ya que no hay vuelos a la capital, y observó que el norte del país sigue “relativamente libre de la violencia” que azota a Puerto Príncipe. Contrastó esto con los recientes asesinatos de tres haitianas deportadas desde Puerto Rico, lo que calificó como una tragedia que refleja la crisis humanitaria.
Desde julio del año pasado, la Fundación Kanarí también ofrece apoyo a inmigrantes haitianos en Santurce. Gracias a su gestión, varios becados de la Escuela San Ignacio de Loyola actualmente cursan estudios universitarios: uno en Medicina, tres en Agronomía, uno en Informática y otro en Ciencias de Laboratorio Médico, quien será el primer graduado universitario de su comunidad.
Los estudiantes, además, participan en procesos democráticos internos que fomentan el liderazgo y la organización comunitaria. Del Castillo, conmovido, recordó: “La primera vez que vine a Haití fue hace 50 años, y me enamoré del país, de su gente, de su arte y de su amabilidad. Están tan acostumbrados al rechazo, que cuesta hacerles creer que alguien pueda admirarlos”. Su refrán favorito en creole resume la lección aprendida: “Wòch nan dlo pa konnen doulè wòch nan solèy” (“La piedra en el agua no conoce el dolor de la piedra en el sol”).




