El presidente estadounidense Donald Trump advirtió que podría atacar la infraestructura energética de Irán, incluidas sus plantas desalinizadoras, si no se alcanza un acuerdo para poner fin a la guerra y reabrir el estrecho de Ormuz. La amenaza, publicada en su red Truth Social, generó inquietud ante el posible impacto en una región donde el agua es un recurso escaso.
Trump afirmó que “volará por completo todas las plantas generadoras de electricidad, pozos petroleros y la isla de Jark (¡y posiblemente las plantas desalinizadoras!)” si la situación no cambia. Analistas señalan que el mayor riesgo no proviene del ataque estadounidense, sino de la respuesta iraní, pues los Estados árabes del golfo Pérsico dependen casi totalmente de la desalinización para su suministro de agua.
En la costa del golfo existen cientos de plantas que abastecen a ciudades como Dubái, Abu Dabi y Doha. Niku Jafarnia, de Human Rights Watch, advirtió que destruir instalaciones de agua constituye un crimen de guerra según el derecho internacional. En Irán, mientras tanto, los embalses que proveen a Teherán se encuentran por debajo del 10% de su capacidad tras cinco años de sequía extrema.
Aunque Irán intentaba expandir su capacidad de desalinización antes del inicio de la guerra con Israel y Estados Unidos, las sanciones y los costos energéticos obstaculizaron los proyectos. Expertos señalan que Kuwait obtiene cerca del 90% de su agua potable de esta tecnología, Omán un 86% y Arabia Saudí alrededor del 70%.
David Michel, investigador del Center for Strategic and International Studies, explicó que los ataques podrían afectar en cascada redes interconectadas y provocar una crisis humanitaria. Por su parte, Ed Cullinane, editor de Global Water Intelligence, advirtió que ninguna de estas plantas está mejor protegida que otras infraestructuras ya atacadas por misiles o drones.
El golfo Pérsico produce casi un tercio del crudo mundial, pero los enfrentamientos recientes han alterado el tráfico de buques y las exportaciones. Michael Christopher Low, de la Universidad de Utah, subrayó que estos países son “reinos de agua salada”, dependientes de una tecnología energética intensiva y vulnerable.
Trump emitió sus comentarios en medio de una escalada que incluyó un ataque iraní a una planta de agua y electricidad en Kuwait y otro contra una refinería israelí. Estados Unidos y los países del golfo conocen el riesgo: un informe de la CIA de 2010 ya advertía que sabotajes a estas plantas podrían derivar en crisis nacionales prolongadas.
Arabia Saudí y los Emiratos Árabes han reforzado sus redes de respaldo, pero Estados más pequeños como Baréin, Qatar y Kuwait siguen expuestos. Además, la crisis climática y el aumento del nivel del mar amenazan las plantas costeras.
Históricamente, las guerras en la región han afectado estas infraestructuras. Durante la invasión iraquí de Kuwait en 1990, fuerzas de Irak sabotearon plantas desalinizadoras, dejando al país sin agua potable por años. Más recientemente, los hutíes de Yemen, respaldados por Irán, han atacado instalaciones saudíes. Los Convenios de Ginebra prohíben atacar infraestructuras esenciales para la supervivencia civil, incluidos los sistemas de agua potable.




