Una nueva fiebre recorre los estadios de las Grandes Ligas, y su nombre es “Tarps Off”. Esta peculiar tendencia, descrita como ruidosa, boba pero contagiosa, ha conquistado a fanáticos en varias ciudades del país. Su dinámica es sencilla: encontrar la sección más animada, quitarse la camiseta y agitarla sobre la cabeza mientras acompañan con cánticos al estilo del fútbol.
El fenómeno comenzó en San Luis el pasado viernes y rápidamente se propagó a sedes como Detroit, Tampa Bay, Filadelfia, Seattle y Anaheim. Todo inició cuando un equipo universitario de la Universidad Estatal Stephen F. Austin, presente en Alton, Illinois, para un torneo de la NCAA, recibió entradas de los Cardinals de San Luis. Diecisiete de sus jugadores asistieron al Busch Stadium, y su entusiasmo desató una ola de fanáticos sin camiseta en el jardín derecho. El ambiente ayudó al equipo local a vencer 5-4 a los Royals de Kansas City en 11 entradas.
El dirigente dominicano de los Cardinals, Oliver Mármol, quedó tan encantado con la energía que compró boletos para que los mismos jóvenes regresaran al juego del sábado. “Es difícil no divertirse cuando los aficionados son así”, dijo el campocorto Masyn Winn. Incluso la mascota Fredbird se unió a la celebración.
La tendencia se mantiene viva en San Luis, donde más aficionados sin camiseta continuaron animando en el duelo contra los Pirates, que terminó en otra victoria local, 9-6, con un jonrón de tres carreras del panameño Iván Herrera.
El contagio ha alcanzado otros parques: en Tampa Bay, los fanáticos de los Rays replicaron la fiesta durante dos noches consecutivas, mientras que en Filadelfia un pequeño grupo celebró bajo la lluvia durante un juego entre los Reds y los Phillies. En Anaheim, los seguidores de los Angels mezclaron cánticos de “Tarps Off” con reclamos al propietario Arte Moreno para que venda el equipo.
Las Grandes Ligas no parecen molestas con la atención que esto genera. De hecho, la asistencia a los estadios ha crecido esta temporada, con un promedio de unos 1,000 fanáticos más por juego que el año anterior. De mantenerse la tendencia, el béisbol podría volver a promediar 30,000 espectadores por encuentro por primera vez desde 2016. Y, al parecer, muchos de ellos estarán sin camiseta.




