Aterrorizados por las explosiones en Teherán y otras ciudades, decenas de miles de iraníes empacan lo esencial y huyen hacia zonas rurales, intentando escapar de los bombardeos de Israel y Estados Unidos. Según la agencia de la ONU para los refugiados, al menos 100,000 personas salieron de la capital durante los dos primeros días del conflicto.
Entre ellos está Pouya Akhgari, de 22 años, quien se refugió con familiares en un pueblo de la provincia de Zanjan, a 200 kilómetros de Teherán. Desde allí relata a The Associated Press: “Es tan caótico. Pensé que duraría poco, pero se está alargando. Si sigue así, nos quedaremos sin dinero”.
Una abogada de Ahvaz también huyó luego de una jornada de explosiones. Con su familia y sus perros Coco y Maggie, se trasladó a la granja de fresas familiar, en un pueblo sin bases militares. Aunque allí se sienten más seguros, los bombardeos cercanos y la presencia de la Guardia Revolucionaria mantienen la tensión. “El peligro existe”, admitió.
Mientras pasan los días en la finca, los adultos cultivan fresas, los niños no asisten a la escuela y los perros corren entre colinas nevadas. “De la mañana a la noche hablamos de nuestras preocupaciones, de cómo todo encarece”, dice la abogada, quien también teme volver a salir sin hiyab por la vigilancia de los Basij.
La ofensiva de Israel y Estados Unidos ha cobrado la vida del líder supremo, el ayatolá Alí Jamenei, y varios altos mandos. Su hijo, el ayatolá Mojtaba Jamenei, fue nombrado nuevo líder supremo, mientras la Guardia y los Basij mantienen su dominio territorial.
Otro refugiado narró cómo su hijo de seis años no podía dormir por el miedo a las explosiones en Teherán. La familia huyó hacia el norte y ahora vive en una casa entre arrozales con vista al mar Caspio. “Los vecinos nos han mostrado una amabilidad extraordinaria”, dijo, recordando cuando el panadero local se negó a cobrarle y los vecinos le ofrecieron ayuda.
No todos han podido marcharse. Un hombre de 53 años permanece en su hogar para cuidar a sus padres ancianos. Cada noche, dice, baja al aparcamiento, grita desde su coche y reza por días tranquilos.




