La investigación sobre el caso de la bailarina Yexeira Torres Pacheco comenzó como un ejercicio de rigor periodístico, pero pronto se transformó en una travesía marcada por obstáculos, silencios y puertas cerradas.
Desde septiembre de 2025, cada intento de reconstruir los hechos chocó con una realidad persistente entre quienes vivieron el caso: el miedo, la desconfianza y el agotamiento acumulado tras más de una década de dolor.
El reportaje, desarrollado como parte de la cuarta temporada de la serie Las Caras del Crimen, se convirtió en un rompecabezas donde cada pieza requirió días y, en ocasiones, semanas o meses de insistencia.
Uno de los primeros escollos fue el acceso a las autoridades. No fue posible entrevistar a las fiscales Alma Méndez Ríos y Sonia Polanco Viera, quienes presentaron el caso contra la expareja de la víctima, el expolicía Roberto Quiñones Rivera, en los tribunales.
Tampoco se logró una entrevista con la agente investigadora del caso, Lorimer Aquino Fariña. De igual forma, no se concretó conversar con la coronel Diana Crispín Reyes, comisionada asociada de la Policía, quien fungía entonces como directora de la Rama Investigativa, según reportes periodísticos.
Quiñones Rivera, aunque permanece bajo custodia del Estado cumpliendo la sentencia por el caso de Yexeira, ha participado en actividades en iglesias bajo custodia. Estas salidas son aprobadas por un comité cuando el confinado realiza los ajustes necesarios dentro del sistema correccional, según el Departamento de Corrección y Rehabilitación.
Ese detalle abonó a un clima de incertidumbre que aún persiste. El miedo, incluso 14 años después de los hechos, sigue siendo un muro que muchas personas no están dispuestas a cruzar por razones de seguridad.
A ese temor se sumaron otras limitaciones. Algunas figuras clave enfrentaban condiciones de salud frágiles, lo que impidió sostener entrevistas o incluso iniciar conversaciones.
Otros simplemente no respondieron. Correos electrónicos sin contestar, llamadas que terminaron en el buzón y mensajes sin respuesta formaron parte del proceso cotidiano de la investigación.
Pese a ello, cada fragmento de información obtenido —una frase, un recuerdo, un dato aislado— permitió avanzar. El trabajo se sostuvo entre la persistencia y la paciencia, verificando cada detalle con extremo cuidado ante las ausencias.
Cada avance fue producto de múltiples gestiones, revisiones cruzadas y un firme compromiso con narrar la historia con la mayor fidelidad posible.
El resultado final refleja no solo la complejidad del caso de Yexeira Torres Pacheco, quien desapareció en octubre de 2011 a los 23 años, sino también el peso que aún recae sobre quienes lo vivieron de cerca. Contarlo fue un desafío que exigió empatía, rigor y delicadeza.
Aunque muchas voces optaron por no hablar, su silencio también dice mucho: habla del miedo, del cansancio y de un país que continúa aprendiendo cómo enfrentar la violencia, cómo sanar y cómo narrarla sin revictimizar a quienes han cargado con ella.




