La historia del Puerto Rico moderno es la de un crisol de culturas que, a lo largo de los siglos, dieron forma a la identidad del pueblo. Entre ellas se encuentran aportaciones de inmigrantes europeos —franceses, canarios, corsos y alemanes—, así como africanos, criollos y mestizos. Sin embargo, hubo un grupo poco estudiado que también dejó una huella significativa: la comunidad china.
El historiador y profesor José Lee Borges, autor del libro “Los chinos en Puerto Rico”, explica que muchos inmigrantes chinos llegaron a América huyendo de las hambrunas en su país, buscando mejores oportunidades para ellos y sus familias. En el Caribe, su presencia se asocia al sistema de “braceros escriturados”, una forma de trabajo contratado que, aunque voluntario, tenía rasgos de explotación similares a la esclavitud.
El uso de trabajadores chinos en las Antillas comenzó en el siglo XIX. En Cuba, por ejemplo, el censo de 1861 registró más de 56,000 chinos, cifra que se duplicó en las décadas siguientes. A Puerto Rico, en cambio, su llegada fue más limitada, aunque desempeñaron un rol clave en obras públicas.
Según Lee Borges, tras los movimientos abolicionistas y la escasez de mano de obra que siguió a la abolición de la esclavitud, los hacendados y el gobierno español impulsaron proyectos para traer obreros chinos a la isla. En 1865 arribaron los primeros 143 confinados procedentes de Samaná, enviados para trabajar en obras de infraestructura.
Estos prisioneros —muchos condenados en Cuba por rebelarse ante abusos laborales— fueron empleados en la construcción de la Carretera Central, hoy conocida como PR-1, que conecta San Juan con Ponce. “La fuerza laboral empleada en esta obra estuvo compuesta por cientos de presidiarios de la isla y los más de 300 confinados que fueron traídos de Cuba”, detalla Lee Borges.
Los trabajos se concentraron en los tramos entre Coamo, Aibonito, Cayey y Caguas. Bajo estricta vigilancia, los obreros cortaban piedra, movían tierra y abrían pasos en la montaña con herramientas manuales y explosivos. Su participación fue decisiva para completar una de las obras de ingeniería más ambiciosas del siglo XIX en Puerto Rico.
Además de la carretera, los confinados chinos participaron en otros proyectos, como el tendal de ladrillos de Ponce en 1887 y el faro del cayo Culebrita, levantado entre 1882 y 1886. Hacia finales del siglo, algunos también trabajaron en jardinería y mantenimiento urbano.
La presencia china disminuyó drásticamente luego de la Ley de Exclusión de 1882 en Estados Unidos, que restringió la inmigración asiática. De acuerdo con los censos, en 1899 se registraban apenas 75 chinos en la isla; en 1910, solo 12.
Lee Borges concluye que la percepción sobre la comunidad china ha cambiado con el tiempo: de ser vistos como “forjadores de sabiduría” durante la Ilustración, pasaron a ser retratados como amenaza en distintas etapas históricas. No obstante, sus aportaciones contribuyeron de forma decisiva al desarrollo de la infraestructura y la cultura de Puerto Rico.




