Javier Soto: el hombre que vive solo en un antiguo observatorio de la Patagonia

A los 35 años, Javier Soto decidió aislarse en un viejo observatorio para cuidar la tumba de su tío y hallar un propósito espiritual.
Javier Soto llegó hace un tiempo al lugar, situado a unos 100 kilómetros de El Calafate

A 100 kilómetros de El Calafate, en la estepa santacruceña, vive Javier Soto, un ermitaño de 35 años que eligió autoexiliarse en el antiguo Observatorio Austral Félix Aguilar. El edificio, abandonado desde la década de 1970, se alza junto a la ruta 40 y a pocos metros del río La Leona, resistiendo los vientos de la Patagonia.

“Decidí aislarme del mundo”, confiesa Soto. Tras años en Trelew, sintió el impulso de dejar la ciudad y su vida rutinaria. En octubre del año pasado se instaló en el observatorio, donde antes había vivido su tío, el lonco mapuche Ramón Epulef. “Me autoexilié en busca de un propósito”, explica. Vive sin acceso directo a agua potable, que obtiene de El Calafate o de viajeros solidarios, y depende de paneles solares para comunicarse a través de una antena Starlink.

Su objetivo es cuidar la tumba de su tío, ubicada en lo alto de un cerro. “Para mí, es un lugar sagrado”, dice. Epulef, reconocido domador y baqueano, dedicó 25 años a restaurar el observatorio y habitó allí con su familia. Tras su fallecimiento en 2023, Soto asumió ese legado. “Vengo a defender este patrimonio y los derechos de mi tío, que eligió vivir aquí”.

El Observatorio Félix Aguilar fue inaugurado en 1960, tras un complejo proceso de construcción iniciado en los años 30 por el ingeniero Félix Aguilar y la Universidad de La Plata. La estación astronómica, creada para estudiar el cielo del hemisferio sur, operó apenas dos décadas antes de ser abandonada en 1973. Desde entonces, el viento y el vandalismo deterioraron las instalaciones.

“Mi tío reconstruyó todo en 1998. Fue la única persona que lo cuidó”, recuerda Soto. En 2009 se presentó un proyecto para declararlo Monumento Histórico Nacional, pero nunca avanzó. Hoy, Javier intenta mantener viva esa historia abriendo las tranqueras para recibir turistas. Sin embargo, su presencia ha generado tensiones. En octubre sufrió el incendio de una de las casas restauradas, hecho que denunció ante las autoridades.

Pese al aislamiento, se dice en paz. “Cuando estoy solo me conecto con el universo. Necesitamos recuperar la oscuridad y la calma”. Vive con dos perros, se alimenta de lo justo y dedica sus días a la contemplación. “La civilización está colapsando y debemos detener esto”, reflexiona. Y entre el viento y la soledad, aún se emociona: “El otro día salió la luna llena mientras el sol se escondía. Fue hermoso”.

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