Miami – Durante más de seis décadas en el poder, el Partido Comunista de Cuba ha resistido sanciones, crisis económicas y embargos. Sin embargo, enfrenta ahora uno de sus mayores desafíos, ante la presión directa de la administración Donald Trump, que ha endurecido las restricciones comerciales hacia la isla.
Tras el derrocamiento del presidente venezolano Nicolás Maduro —uno de los principales aliados de Cuba—, Trump ha intensificado su retórica contra La Habana y afirmó recientemente que tendría “el honor de tomar Cuba pronto”. Aunque sus palabras generaron incertidumbre, fuentes diplomáticas aseguran que Washington busca la salida del presidente Miguel Díaz-Canel como parte de negociaciones para evitar una eventual intervención militar.
Sin un bloqueo formal declarado, la política de Trump ha paralizado el intercambio comercial con la isla. En marzo, el ingreso de petróleo, alimentos y otros bienes se desplomó: ningún buque extranjero llegó a sus puertos, según datos de la firma marítima Windward. El número de escalas portuarias se redujo de un promedio mensual de 50 en 2025 a solo 11 ese mes, todas de origen nacional, la cifra más baja desde 2017.
El impacto ha sido devastador. Los 11 millones de habitantes de Cuba enfrentan apagones prolongados y la atención médica se ve afectada por la falta de combustible para ambulancias y generadores hospitalarios. El país produce apenas el 40% del petróleo que necesita.
“Todos los residentes cubanos están sufriendo la grave inaccesibilidad al combustible y sus consecuencias en el acceso a alimentos, hospitales y transporte”, explicó Ian Ralby, director de la consultora de seguridad marítima I.R. Consilium.
Aunque la administración Trump no ha restablecido formalmente las restricciones a las exportaciones impuestas antes del gobierno Biden, la incertidumbre ha congelado el comercio. En 2024, las exportaciones de alimentos estadounidenses a Cuba alcanzaron los 490 millones de dólares, su nivel más alto desde 2009, pero ahora la actividad marítima está detenida.
La tensión aumentó luego de que Trump anunciara una “cuarentena” —término que evocó la crisis de los misiles de 1962— para impedir que petróleo venezolano llegara a Cuba. También amenazó con aranceles a países que abastecieran la isla, lo que generó inquietud en México, cuyo gobierno había permitido envíos de su empresa estatal Pemex.
Díaz-Canel respondió afirmando: “Cuba es un Estado libre, independiente y soberano. Nadie dicta lo que hacemos… Nos prepararemos para defender la patria hasta la última gota de sangre”.
Ante las críticas internacionales de que las sanciones están agravando la crisis humanitaria, el secretario de Estado Marco Rubio moderó el discurso y autorizó el envío de ayuda humanitaria valorada en tres millones de dólares, además de permitir embarques de combustible a empresas privadas cubanas. Rubio defendió la medida como un intento de apoyar al incipiente sector privado, aunque analistas dudan de su efectividad.
“Las industrias cubanas no han florecido porque el régimen no se los ha permitido”, dijo Rubio. Sin embargo, expertos señalan que la falta de capital y el control estatal sobre la gasolina hacen difícil que las nuevas políticas alivien la crisis.
El empresario estadounidense John Felder, que desde 2012 exporta vehículos eléctricos a Cuba, advirtió que la incertidumbre domina en la isla: “Los cubanos, incluso en su angustia, temen lo que viene”.




