Cuando el francés fue el idioma de la élite ponceña en el siglo XIX

Durante el siglo XIX, el francés se convirtió en símbolo de prestigio entre las élites del sur de Puerto Rico.
La migración corso-francesa y la apertura del puerto de Ponce al comercio internacional propiciaron su utilización

Durante el siglo XIX, los vínculos históricos entre Francia y Puerto Rico se fortalecieron gracias a la emigración de franceses y corsos que se establecieron, sobre todo, en el suroeste de la isla. Apellidos como Beauchamp, en Mayagüez y Las Marías, y Bertolacci, en Yauco y Ponce, se integraron a la vida económica y cultural del país.

El sur, en especial Yauco y Ponce, fue el principal epicentro de esa inmigración, proveniente mayormente de Córcega, que ya formaba parte de Francia. La consolidación de Ponce como puerto exportador de café y azúcar atrajo a comerciantes europeos y convirtió a la ciudad en un espacio cosmopolita donde el francés se escuchaba entre las élites económicas, artísticas e intelectuales.

El arquitecto e historiador Enrique Vivoni Farange, experto en migración corsa, explicó que ser francés en el siglo XIX era sinónimo de modernidad y prestigio, al igual que lo sería ser estadounidense en el siglo XX. “La lengua francesa era el idioma universal”, comentó. El francés, lengua de la Ilustración y de la ciencia, se usaba en tertulias y ambientes cultos, aunque el castellano continuaba como idioma oficial del dominio español.

El periodista francés J. Claine documentó en 1892 que en Ponce y Barceloneta muchos descendientes de corsos hablaban un ‘patuá’, mezcla criolla del francés, y percibió un desapego hacia la lengua de origen. La migración europea aumentó a partir de 1815 con la Real Cédula de Gracia, que permitió el comercio y la naturalización de extranjeros. Esta apertura atrajo capital, maquinaria moderna y trabajadores, consolidando a Ponce como un puerto clave con consulados franceses, ingleses y estadounidenses.

Según Vivoni, unos 2,000 corsos llegaron a Puerto Rico; de ellos, el 25% se estableció en Yauco y unos 197 en Ponce. Algunos cultivaron café en las montañas, otros se dedicaron a la caña y al comercio. Aunque muchos hablaban corso, una lengua romance cercana al italiano, los puertorriqueños solían confundirla con el francés. Hoy, el corso es una lengua reconocida y enseñada en Córcega.

El historiador destacó también la huella cultural de estos inmigrantes. Relató cómo expresiones locales como “agro, agro”, dirigidas a los bebés, derivan posiblemente del corso “allegru”, que significa “alégrate”. Asimismo, en Córcega aún existen las llamadas “casas de los americanos”, palacetes neoclásicos construidos por familias corsas que hicieron fortuna en América —principalmente en Puerto Rico— antes de regresar para retirarse. Entre 2000 y 2010, Vivoni documentó más de un centenar de estas residencias.

El investigador enfatiza que este fenómeno es parte esencial de la identidad puertorriqueña: la inmigración corsa no solo dejó huellas económicas, sino también lingüísticas y culturales que enriquecieron la historia del sur del país.

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