Madrid – El líder supremo iraní, Ali Jameneí, fue la figura espiritual y política más poderosa de Irán desde su nombramiento en 1989. Durante casi 37 años mantuvo una postura firme contra los que consideraba los “enemigos” del país, especialmente Estados Unidos.
Este sábado, Donald Trump confirmó la muerte de Jameneí tras bombardeos conjuntos de Estados Unidos e Israel, ataques que habrían causado también unas 200 muertes en Irán. Las autoridades iraníes no han confirmado la noticia.
Jameneí ejerció un control absoluto como comandante supremo de las Fuerzas Armadas. Sus aliados dominaban las principales instituciones, incluido el Poder Judicial y el Parlamento. Ante el temor de un atentado o un intento de desplazamiento, designó días antes a posibles administradores del país, entre ellos Ali Lariyani, secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional de Irán.
Reconocido por su turbante negro y su barba blanca, Jameneí fue sucesor del ayatolá Ruholá Jomeiní desde el 4 de junio de 1989. Nacido el 16 de julio de 1939 en la ciudad santa de Mashad, provenía de una familia de religiosos chiíes y tuvo una formación marcada por la sencillez y la disciplina. Estudió en Nayeb (Irak), en la escuela religiosa de Qom y en la Universidad de Teherán.
A inicios de los años sesenta se unió a los movimientos islámicos contra el Shah Reza Palhevi y fue encarcelado varias veces por sus actividades opositoras hasta el triunfo de la Revolución Islámica de 1979. Participó en el derrocamiento del Sha y en la creación del Consejo de la Revolución, del cual fue miembro hasta 1980, año en que se convirtió en diputado del primer Parlamento. También integró el Consejo Supremo de Defensa durante la guerra con Irak y ocupó cargos como consejero ministerial, comandante de los Guardianes de la Revolución y líder de la plegaria de los viernes en Teherán.
Tras la muerte de Jomeiní en 1989, Jameneí fue elegido su sucesor. En un principio fue visto como moderado, con la intención de acercar a Irán a Occidente. En 1994 asumió como máxima autoridad del islam chií tras el fallecimiento del ayatolá Mohamed Alí Araki.
Con el paso del tiempo consolidó su poder frente a diversas corrientes internas. Durante su mandato se enfrentó a protestas estudiantiles en 1998 y, más recientemente, a las manifestaciones desatadas por la muerte de Masha Amini en 2022, que dejó centenares de muertos según la ONG Human Right. Jameneí calificó aquellas protestas como planeadas y respaldó la dura respuesta policial.
En su última etapa, criticó con fuerza a Israel, al que llamó “genocida” tras los bombardeos sobre Gaza en 2023. En junio de 2025, Israel atacó instalaciones nucleares iraníes, lo que llevó a Jameneí a prometer un futuro “amargo y doloroso” para el Estado hebreo. Pocos días después, Estados Unidos replicó con ataques a las plantas nucleares de Isfahán, Natanz y Fordo. Refugiado en un búnker según analistas, reapareció públicamente en Teherán el 5 de julio de ese año, durante la víspera de la celebración chií de Ashura.




