Entre sus largas jornadas de trabajo, las noches sin dormir y la preocupación constante por su madre con Alzheimer, Ernesto siente que su vida quedó en pausa. A sus 48 años, intenta cumplir con un empleo a tiempo completo mientras asume, sin ayuda, el cuidado de su progenitora. Esta tarea lo ha llevado al límite emocional y financiero, y evidencia la falta de apoyo gubernamental a los cuidadores informales en un país donde la población envejece rápidamente. El caso de Ernesto refleja la realidad silenciosa de miles de personas que, ante la escasez de recursos y servicios de cuidado, deben elegir entre mantener su sustento o atender a sus familiares, muchas veces sin recibir compensación ni respaldo psicológico. La sobrecarga física y emocional, junto con el aislamiento social, se convierte para muchos en una lucha diaria por sobrevivir en un sistema que no los reconoce ni protege.




