En medio de los escombros y el frío invernal, Attallah Tarazi, de 76 años, recibió unos modestos regalos de Navidad —calcetines y una bufanda— y se unió a otros cristianos palestinos en cantos que proclamaban el nacimiento de Cristo. Para él, esos pequeños gestos ofrecieron un respiro en una Gaza devastada, donde un frágil alto el fuego apenas mitiga el dolor que dejó la guerra entre Israel y Hamás.
Tarazi, refugiado desde hace más de dos años en el recinto de la Iglesia de la Sagrada Familia, asegura que mantiene la esperanza. “Nuestra alegría por el nacimiento de Cristo debe superar toda la amargura”, dice, convencido de que la fe lo ha sostenido ante la tragedia.
El cardenal Pierbattista Pizzaballa, patriarca latino de Jerusalén, visitó la parroquia en la antesala de la Navidad, marcando el inicio de celebraciones discretas en una comunidad “que ha vivido tiempos oscuros y difíciles”. Sin embargo, para muchos, el dolor pesa más que la fiesta.
Shadi Abo Dowd, cristiano ortodoxo, afronta su primera Navidad sin su madre, fallecida en julio tras un ataque israelí que alcanzó la iglesia católica donde vivía. Su hijo y el párroco resultaron heridos. “Seguimos viviendo en un estado de no paz y no guerra”, lamenta.
Desde octubre, los ataques han disminuido pero no cesado. Según el Ministerio de Sanidad de Gaza, casi 71,000 palestinos han muerto desde el inicio de la ofensiva israelí, la mitad de ellos mujeres y niños. La guerra, iniciada el 7 de octubre de 2023 tras un ataque de Hamás que dejó más de 1,200 muertos en Israel, ha desplazado a la mayoría de los dos millones de habitantes del enclave.
Abo Dowd teme que la comunidad cristiana desaparezca junto a su tejido social. “Es una tragedia”, confiesa, mientras sus hijos sueñan con estudiar fuera. “¿Qué se van a quedar a hacer? No tienen futuro”.
Para Wafa Emad ElSayegh, de 23 años, la Navidad “ya no es la misma”. Muchos familiares y amigos huyeron, pero aun así decoraron la iglesia ortodoxa griega de Gaza. “Antes estábamos todos juntos. Ahora falta esa alegría”, recuerda.
Elynour Amash, madre de tres, intenta sostener la tradición encendiendo el árbol. “Mis hijos sienten un poco de alegría, como respirar tras un largo periodo de asfixia”, cuenta a The Associated Press. Agradece tener su casa, aunque le duele ver a las familias desplazadas bajo la lluvia. “Todavía se oyen explosiones y el miedo no se ha ido”, dice. Su hijo pequeño tiembla ante cualquier ruido fuerte: “Es como si la guerra viviera dentro de él”.
Para ella, seguir ahí es un acto de fe. “Nuestra presencia, por pequeña que sea, es un testimonio de amor y firmeza”, afirma.
Tarazi, que perdió a una hermana y un hermano durante la guerra, no piensa marcharse. Reza por la paz y la libertad de su pueblo. “Nuestra fe y nuestra alegría por el nacimiento de Cristo son más fuertes que todas las circunstancias”, concluye.




