Brasil – La historia del sacerdote Adelir Antonio de Carli, de 42 años, sigue conmoviendo a los brasileños 17 años después de su trágica muerte. En abril de 2008, el religioso se propuso recaudar fondos para construir un centro de descanso para camioneros en su parroquia de Paranaguá, Paraná, atándose a 1,000 globos inflados con helio para realizar un vuelo solidario.
Su objetivo era llegar hasta Dourados, cerca de Paraguay, en una travesía estimada de 20 horas. Equipado con un paracaídas, chaleco salvavidas, un GPS y dos teléfonos celulares, partió rodeado de la expectativa de sus colaboradores, quienes informaron que sus últimas palabras fueron: “¿Están viniendo o no están viniendo?”.
Durante las primeras ocho horas, un controlador aéreo mantenía comunicación con él. Sin embargo, el contacto se perdió y el vuelo terminó en tragedia. Dos días después, se hallaron los globos flotando en el océano, y en julio de ese mismo año se confirmó, mediante pruebas de ADN, que el cuerpo recuperado por un remolcador correspondía al sacerdote.
Las autoridades indicaron que el GPS que De Carli llevaba presentaba fallas técnicas, aunque alcanzó a enviar un mensaje en el que decía sentirse “con mucho frío, pero bien”. “Estábamos casi seguros de que se trataba del sacerdote por la ropa y el equipo del viaje; el ADN solo confirmó nuestras sospechas”, expresó el jefe de la policía de Macaé, Daniel Bandeira.
Adelir Antonio de Carli era paracaidista experimentado y ya había protagonizado un vuelo similar en enero de 2008, cuando permaneció cuatro horas en el aire impulsado por 600 globos. En esta ocasión, buscaba romper el récord mundial de 19 horas de vuelo sostenido con globos.
Denise Gallas, coordinadora de la Pastoral de Carreteras de Paranaguá, recordó que el último contacto fue a las 7:40 p.m., siete horas después de despegar: “Ya estaba sobre el mar”, dijo. Agregó que la inspiración del sacerdote vino tras ver a un estadounidense que logró volar 19 horas bajo condiciones similares. “Como nuestro párroco era valiente, dijo que podía estar más tiempo en el aire. Lamentablemente, el viento cambió y lo llevó hacia el mar”.
Hoy, los feligreses de Paraná mantienen viva la memoria del sacerdote aventurero que soñó con ayudar a su comunidad de la manera más inusual posible.




