Washington – Durante el cierre más largo en la historia del gobierno federal, Jessica Sweet, especialista en reclamaciones de la Seguridad Social, tuvo que recortar gastos para sobrevivir. Limitó sus comidas, pospuso el pago de facturas y dependió de su tarjeta de crédito para costear la gasolina. Como ella, cientos de miles de empleados federales pasaron semanas sin cobrar.
Con el cierre finalmente llegando a su fin, Sweet —delegada sindical del AFGE Local 3343 de Nueva York— expresó su decepción. “Es muy frustrante pasar por algo así. Hace tambalear los cimientos de la confianza que todos depositamos en nuestras agencias y en que el gobierno haga lo correcto”, señaló.
El cierre inició el 1 de octubre, luego de que los demócratas rechazaran un acuerdo de financiación temporal al exigir la extensión de subsidios federales para seguros de salud bajo la Ley de Asistencia Asequible. Terminó cuando ocho senadores demócratas aceptaron un compromiso para reabrir el gobierno sin incluir esa prórroga.
De acuerdo con el Bipartisan Policy Center, al menos 670,000 empleados fueron despedidos y otros 730,000 trabajaron sin recibir salario durante las seis semanas que duró la paralización. Las afectaciones —desde recortes en la asistencia alimentaria hasta interrupciones en aeropuertos— aumentaron la presión sobre el Congreso y la Casa Blanca para alcanzar un acuerdo.
Durante ese período, la administración del presidente Donald Trump utilizó el tema de los empleados federales como estrategia para forzar concesiones de los demócratas. El mandatario insinuó que quienes no cobraran podrían no recibir pagos atrasados y ejecutó despidos que un tribunal posteriormente bloqueó, generando aún más incertidumbre.
El acuerdo aprobado revierte los despidos ocurridos desde el 1 de octubre y garantiza el pago retroactivo a los trabajadores afectados, además de restaurar fondos para programas sociales como SNAP.
Sin embargo, el impacto emocional y económico persiste. “El estrés y el hambre son excelentes tácticas para traumatizar a la gente”, dijo Sweet, quien se sintió traicionada por senadores demócratas que cedieron en la negociación. Aunque reconoce el alivio de recibir un salario, cree que mantener la lucha por los subsidios habría justificado el sacrificio.
Adam Pelletier, examinador de la Junta Nacional de Relaciones Laborales, calificó el desenlace como “una escena de Charlie Brown donde Lucy quita el balón al final”. Aun así, se mostró aliviado por la recontratación y el fin del cierre. “Nos sentimos como peones, sin voz ni voto sobre nuestro propio destino”, afirmó.
Elizabeth McPeak, empleada del IRS en Pittsburgh y vicepresidenta del Capítulo 34 del Sindicato Nacional de Empleados del Tesoro, relató que muchos colegas tuvieron que recurrir a bancos de alimentos y negociar con sus caseros para no ser desalojados. “Un mes sin cobrar es mucho tiempo”, dijo.
Pese al cansancio y la frustración, los empleados federales se dicen listos para volver a trabajar, aunque la incertidumbre sobre futuros cierres sigue presente.




