Cuando el agricultor senegalés Abou Sow vio en redes sociales los misiles de Estados Unidos impactando en Irán, intuyó que su agricultura se vería afectada. Desde que comenzó la guerra el 28 de febrero, los precios de los fertilizantes aumentaron un 40%. Sow dejó de usar fertilizantes químicos hace ocho años y promueve ahora el uso de composta y estiércol local. “No podemos permitirnos esperar a un alto el fuego”, dijo, al advertir sobre la dependencia de productos químicos.
El control iraní sobre el estrecho de Ormuz ha reducido el suministro de gas natural, clave para elaborar fertilizantes, afectando el transporte marítimo mundial. Según el Instituto Internacional de Investigación sobre Políticas Alimentarias, la región del golfo Pérsico produce el 30% del fertilizante químico global. El Banco Mundial reporta un alza del 50% en precios.
Máximo Torero, economista jefe de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, advirtió sobre el riesgo alimentario. Expertos apuntan que esta crisis puede acelerar una transición hacia fertilizantes naturales, menos contaminantes y con menor huella de carbono. “Es bueno para el planeta porque desvincula la producción de alimentos de los combustibles fósiles”, destacó Susan Chomba, del Panel Internacional de Expertos en Sistemas Alimentarios Sostenibles.
En Senegal, que importa 125,000 toneladas de fertilizante cada año, algunos agricultores recurren al estiércol de oveja, más fácil de conseguir en ciertas regiones. Aliou Fall culpó al presidente de Estados Unidos, Donald Trump, por la guerra: “Él lleva la guerra al mundo y ni siquiera lo piensa. Ahora los agricultores están sufriendo”. El gobierno senegalés planea subsidiar 30,000 toneladas de fertilizante orgánico, aunque los productores lo consideran insuficiente.
La industria de biofertilizantes crece impulsada por la escasez. Estos productos, que integran bacterias que ayudan a las plantas a captar nitrógeno, se producen cada vez más con desechos municipales. Sin embargo, los subsidios agrícolas globales —que suman unos 700,000 millones de dólares al año— siguen favoreciendo al fertilizante químico, haciendo a las alternativas menos competitivas, según Chomba.
En Brasil, donde más del 80% del fertilizante se importa, los precios también subieron un 50%. “Cada vez que hay guerra, los agricultores usan más biofertilizantes”, comentó Luis Barbieri, del Instituto Folio. Embrapa reportó un crecimiento del 15% en ese sector entre 2023 y 2024. Las leyes locales permiten que los agricultores produzcan sus propios biofertilizantes a bajo costo.
En cambio, en México el uso de fertilizantes orgánicos avanza lentamente por falta de apoyo gubernamental, indicó Gerardo Noriega, de la Universidad Autónoma Chapingo. No obstante, considera que la crisis puede acelerar el cambio.
En India, el primer ministro Narendra Modi anunció en mayo una “misión nacional” para reducir el uso de fertilizantes químicos en un 50% y promover la agricultura natural. Agricultores como Manohara Chari elaboran sus propios abonos con estiércol y desechos, buscando independencia de las corporaciones. India importa el 60% de su fertilizante desde el golfo Pérsico, y la guerra ha disparado el interés por alternativas sustentables. “Si apenas una fracción de los subsidios se destinara a la agricultura natural, muchos más se sumarían”, señaló Chari.
El conflicto en Irán no solo encarece los alimentos, sino que acelera un cambio agrícola global: productores que miran al suelo para encontrar, literalmente, una solución natural.




