Durante su paso por las praderas del Medio Oeste de Estados Unidos, Rafael L. Joglar descubrió cuánto extrañaba los sonidos del Caribe. En la Universidad de Kansas, donde estudió en la década de 1980, echaba de menos no solo el mar bordeando los bosques, sino también el canto del coquí, símbolo sonoro de Puerto Rico. Esa nostalgia alimentó su vínculo con la biodiversidad y marcó su vocación científica.
Ahora, tras décadas dedicadas a la educación y la investigación, Joglar se retira de la academia con un mensaje de optimismo. Asegura que, pese a los retos ambientales, “no estamos totalmente perdidos”. Confía en las nuevas generaciones de científicos y en la conciencia ecológica que ha ido creciendo en el país.
Su legado se mide tanto por los estudios y proyectos que impulsó como por los estudiantes que formó, muchos de ellos hoy activos en la conservación y la divulgación ambiental. Joglar reafirma que Puerto Rico posee una riqueza natural única y un potencial enorme para protegerla si se actúa con responsabilidad colectiva.
El científico cierra su capítulo académico, pero mantiene su compromiso con la isla y con la defensa de la vida que la habita, convencido de que la esperanza es una forma de acción.




