Desde el momento de su reclutamiento, Ana —una trabajadora social que prefirió no revelar su verdadero nombre— dejó claro que necesitaba trabajar de manera remota un día a la semana. Su solicitud respondía a la necesidad de acompañar a su hija, estudiante de Educación Especial, a las terapias médicas necesarias para su desarrollo.
Ana cría sola a su hija tras haberse separado del padre de la menor, debido a un patrón de violencia doméstica. Su experiencia refleja una de las múltiples situaciones que enfrentan las mujeres profesionales en Puerto Rico al intentar equilibrar las exigencias del empleo con sus responsabilidades familiares.
La historia de Ana pone en perspectiva la desigualdad de género que persiste en los espacios laborales del país, donde las madres trabajadoras aún se topan con barreras estructurales y culturales que dificultan su estabilidad y bienestar.




